Fue a mediados
del año 1999 cuando tuve la oportunidad de jugar este título y de ello me
recuerdo claro pues la efervescencia del
apocalipsis estaba en uno de sus puntos más álgido. Diccionario en mano traduje
todo el prologo y me quede extrañado ya que, para un niño de pocos años era muy
extraño todo: un planeta lleno de criaturas malignas que se acercaba a la
tierra.
Mientras la
música del luego sonaba, en el teléfono mi abuela se despedía entre lagrimas de
una vieja amiga mientras juntas recordaban anécdotas sobre los momentos que
habían pasado mientras entre sollozos mi abuela parecía entrar en desesperación
sobre un sillón repitiendo no estar preparada para morir aun. Para aquellos
días yo estaba tratando de entender el porqué del fin del mundo ¿bombas atómicas? ¿Computadores
esquizofrénicos? La histeria colectiva no me traía para nada bien. No ayudaba francamente de mucho el hecho de
vivir rodeado de vecinos supersticiosos que supuestamente veían aureolas en el
sol y que inventaban toda clase de historias fantásticas para justificar su
paranoia, esto por allá de octubre del 99.
No conocí a H.R
Giger sino hasta entrados mis quince años, cuando mis fascinaciones estaban
fundidas en la imaginería gótica, alienígenas y la estética Cyberpunk, pero la
portada del juego me inquieto ¿Qué serían aquellos ojos furiosos? ¿Sería el
fuego de aquella fotografía un presagio del futuro por venir? Quizá por esas impresiones,
las computadoras y la tecnología actual siempre me causo y sigue causando
alarma, susto incluso diría, creamos maquinas fantásticas que luego no podemos
controlar. La cibernética no me ha causado el placer cuasi erótico que muchos
esperan y recuerdo este título como un juego que a pesar que me remite a muchos
miedos de niñez, también a esa fascinación enfermiza que aun hoy sigo
profesando por el futuro. Los
supersónicos aquellas primeras horas de los dos miles, luego de sentir el
abrigo de sabernos con vida, puse mi corazón en mis manos emocionado a rabiar
por saberme en el dos mil, en aquella fantástica fecha que mis abuelos y muchas
otras generaciones habían ensoñado. Pero solo bastaría un año de espera para
sentir la decepción de saber que este futuro no era exactamente lo que de niño
soñé
Hoy ya más adulto
al jugar este título tiendo a hacerme la misma pregunta que no podía
contestarme de pequeño: ¿Por qué esa obsesión
por morir? Esa fascinación enfermiza por
la angustia. Y aun hoy, a casi veinte años de ese dos mil, aun puedo ver a ese
niño, pero también cuento los fines de mundo a los que he sobrevivido, y el
reloj del Armagedón sigue su marcha atrás.
No creo en pitonizos, si algo se acaba, siquiera lo veremos venir.
¿Tan difícil es
saber nuestro miedo a la muerte es natural? ¿Para que la obsesión de adelantar
la fecha? Aun no hemos creado el androide que nos libere del peso del fin
cuando el día llegue. No somos capaces de entender nuestro mundo y aun así
pensamos que todo el quehacer del universo gravita en torno a nosotros y
nuestros afanes autodestructivos
Vivamos y dejemos
vivir, los momentos mas felices del ser humano son aquellos en los que nos
atrapa el breve olvido de la muerte, y que bueno que así sea. Mientras me
preparaba para escribir estas líneas mire el cielo y suspiré, no sé, supongo
que pensé que muy probablemente, en algún lugar del universo, Naju venga en
camino mientras el reloj del Armagedón sigue contando atrás.

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