lunes, 2 de diciembre de 2019

Reloj Del Arnagedon ( The Guardian Legend)










Fue a mediados del año 1999 cuando tuve la oportunidad de jugar este título y de ello me recuerdo claro  pues la efervescencia del apocalipsis estaba en uno de sus puntos más álgido. Diccionario en mano traduje todo el prologo y me quede extrañado ya que, para un niño de pocos años era muy extraño todo: un planeta lleno de criaturas malignas que se acercaba a la tierra.
                                    
Mientras la música del luego sonaba, en el teléfono mi abuela se despedía entre lagrimas de una vieja amiga mientras juntas recordaban anécdotas sobre los momentos que habían pasado mientras entre sollozos mi abuela parecía entrar en desesperación sobre un sillón repitiendo no estar preparada para morir aun. Para aquellos días yo estaba tratando de entender el porqué del  fin del mundo ¿bombas atómicas? ¿Computadores esquizofrénicos? La histeria colectiva no me traía para nada bien.  No ayudaba francamente de mucho el hecho de vivir rodeado de vecinos supersticiosos que supuestamente veían aureolas en el sol y que inventaban toda clase de historias fantásticas para justificar su paranoia, esto por allá de octubre del 99.

No conocí a H.R Giger sino hasta entrados mis quince años, cuando mis fascinaciones estaban fundidas en la imaginería gótica, alienígenas y la estética Cyberpunk, pero la portada del juego me inquieto ¿Qué serían aquellos ojos furiosos? ¿Sería el fuego de aquella fotografía un presagio del futuro por venir? Quizá por esas impresiones, las computadoras y la tecnología actual siempre me causo y sigue causando alarma, susto incluso diría, creamos maquinas fantásticas que luego no podemos controlar. La cibernética no me ha causado el placer cuasi erótico que muchos esperan y recuerdo este título como un juego que a pesar que me remite a muchos miedos de niñez, también a esa fascinación enfermiza que aun hoy sigo profesando por el futuro.  Los supersónicos aquellas primeras horas de los dos miles, luego de sentir el abrigo de sabernos con vida, puse mi corazón en mis manos emocionado a rabiar por saberme en el dos mil, en aquella fantástica fecha que mis abuelos y muchas otras generaciones habían ensoñado. Pero solo bastaría un año de espera para sentir la decepción de saber que este futuro no era exactamente lo que de niño soñé

Hoy ya más adulto al jugar este título tiendo a hacerme la misma pregunta que no podía contestarme de pequeño:  ¿Por qué esa obsesión por morir?  Esa fascinación enfermiza por la angustia. Y aun hoy, a casi veinte años de ese dos mil, aun puedo ver a ese niño, pero también cuento los fines de mundo a los que he sobrevivido, y el reloj del Armagedón sigue su marcha atrás.  No creo en pitonizos, si algo se acaba, siquiera lo veremos venir.

¿Tan difícil es saber nuestro miedo a la muerte es natural? ¿Para que la obsesión de adelantar la fecha? Aun no hemos creado el androide que nos libere del peso del fin cuando el día llegue. No somos capaces de entender nuestro mundo y aun así pensamos que todo el quehacer del universo gravita en torno a nosotros y nuestros afanes autodestructivos

Vivamos y dejemos vivir, los momentos mas felices del ser humano son aquellos en los que nos atrapa el breve olvido de la muerte, y que bueno que así sea. Mientras me preparaba para escribir estas líneas mire el cielo y suspiré, no sé, supongo que pensé que muy probablemente, en algún lugar del universo, Naju venga en camino mientras el reloj del Armagedón sigue contando atrás.

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